Torpedo a la línea de flotación del fútbol
Las consecuencias que puede traer la reclamación de JFP, Fundación para la Justicia de los futbolistas profesionales, contra la FIFA a raiz del pleito ganado por Lassanne Diarra que le permitió romper su contrato con el Lokomotiv de Moscú para fichar por el Charlerois de Bélica, son imprevisibles.
El fondo del asunto es la consideración de los jugadores como trabajadores por cuenta ajena que, en su día, ya avaló el TJUE al aplicar la conocida como Ley Bossman que abría la puerta a la libre circulación de los mismos en el seno de la Unión Europea.
De prosperar la demanda el reglamento en vigor se haría añicos al considerar que, como en cualquier empresa, el personal puede renunciar a su puesto para ingresar o no en otra sin más trámite que un preaviso que en algunos países ni siquiera es necesario.
El sindicato FIFPRO, el de mayor representatividad en el fútbol internacional, se mantiene a la expectativa de lo que suceda en el Tribunal de los Países Bajos que entiende del caso, ya que, por su parte, la JFP reúne y defiende a unos 100.000 afiliados.
Una resolución favorable a la demanda, más allá de los recursos que pudiera plantear la institución que preside Gianni Infantino, supondría conceder a los futbolistas la facultad de negociar su propio destino y, al contrario de lo que ocurre ahora en el Mallorca con aquellos que han manifestado su deseo de dejar el club, salir de los clubs en el momento en que lo deseen sin mayor pérdida que la renuncia al resto de sus emolumentos a partir de la fecha de la baja.
Para los más alarmistas se trata del principio del fin del fútbol tal y como lo hemos conocido, los juristas mantienen sus dudas al respecto pero, desde un punto de vista imparcial, ajeno y simple, estamos ante un torpedo a la línea de flotación de los estamentos que dirigen el fútbol nacional e internacional que compromete seriamente el negocio de los traspasos entre clubs y una revisión de la dinámica actual en la relación del triángulo que completan los afectados y sus propios agentes. De paso una bomba en los privilegios que permiten «esclavizar» a los futbolistas y alinear a sus patrones de acuerdo a las reglamentaciones laborales vigentes en la Unión Europea.
Una batalla muy complicada para la FIFA que, pese a prohibir a sus miembros recurrir a la justicia ordinaria al margen de sus comités, empieza a perder una tras otra hasta llegar, quién sabe, si a rendir definitivamente su fortaleza.
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