Transferibles e intransferibles

Al término de cada temporada hasta casi finales del siglo pasado los clubs comunicaban a los medios de comunicación su lista de futbolistas que acababan contrato, los que se quedaban o intransferibles o aquellos a quienes se declaraba transferibles, es decir los que podían ser objeto de traspaso. No era un catálogo inamovible, pero si una guía indicativa de las intenciones de cada equipo respecto a la planificación del próximo campeonato.

El floreciente negocio que suponen las idas y venidas de los jugadores en la actualidad, inducido por la expansión de las empresas de agentes FIFA, intermediarios, que, con licencia o sin ella, surgen como de la nada cual setas en otoño, ha cambiado tan sana costumbre por un rosario de filtraciones interesadas que responden a negociaciones sin contrastar que encuentran eco en publicaciones más o menos fiables y, por supuesto, en redes sociales de fácil manipulación.

Si nos atenemos a ellas, el Mallorca ya ha puesto en el mercado a ocho de sus profesionales: Leo Román, Greif, Maffeo, Copete, Van der Heyden, Samu, Antonio Sánchez y Larin. Más de media docena de bajas, consumadas las de los dos centrales, frente dos únicas altas: Pablo Torre y Bergstrom. A simple vista, un desequilibrio evidente. Llama la atención tanta petición en el despacho de una dirección de fútbol tan lenta en las ventas como cicatera en las compras.

De cerrarse tantas salidas cuesta imaginar a Pablo Ortells reemplazando nada menos que a tres defensas, lateral uno de ellos, dos medios y un delantero, a dos semanas de levantar el telón de la campaña y cuatro del cierre de plazo. Eso sin cuestionar la relación calidad precio del intercambio, ni la de reemplazos del tipo LLabrés, Luna, López, Salas, Doménech o Mateu. Aunque entre gustos no hay nada escrito.

 

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