Señales
Hace dos meses el máximo accionista del Mallorca, su presidente Andy Kohlberg, vino a celebrar su décimo aniversario al frente del club con la excusa de festejar los 110 años del club que nació de un sentimiento y sobrevive a duras penas de un negocio que no entiende de causa ni orígen. El involuntario heredero del imperio Sarver aprovechó la oportunidad que él mismo organizó para alabar la gestión de los dos responsables de lo que, si no media prodigio, significaría la destrucción de su patrimonio.
Esta fue la primera señal de lo que estaba por venir. Ignorar los síntomas de una enfermedad equivale a proteger su avance. Así que el primer paso fue despedir al entrenador, Jagoba Arrasate, para confiar la curación al único especialista que aceptó, más que el reto, las condiciones rechazadas por técnicos tal vez peores o quizás mejores, pero sin duda más avezados por lo que se refiere a la vergonzosa liga española.
Mejorar los números del vasco no era difícil. Había perdido 14 de 16 partidos con una sola victoria fuera de casa que todavía no ha sido repetida por su sucesor. Para los amantes de análisis parciales, de los 7 puntos de 9, hemos pasado a 7 de 15. El comodín de la victoria sobre el Real Madrid se ha esfumado cual genio de la maravillosa lámpara de Aladino. Otro dato: tras la vigésimo sexta jornada en la que se produjo el cambio en el banquillo, la defensa era la tercera más goleada de la categoría, ahora es la segunda. Lo peor no es la escasa diferencia, sino la continuidad del virus.
Mr.Kohlberg, sin entender de fútbol, se puso en manos de asesores sin diploma. Acudir a la habitación de un enfermo con pasteles y cava está fuera de lugar. En un deporte colectivo, convocar un homenaje particular en plena lucha por evitar lo peor, solo puede descentrar tanto al homenajeado como a sus compañeros. El amplio festejo en torno al record de Muriqi, que sonaba a despedida y a millones, debió esperar al 25 de mayo. Ni olido el balón ni ante el Valencia ni contra el Alavés y Demichelis, que debió frenar ímpetus, se adhirió al jolgorio.
Su discurso de entrenador duro ha dejado de impresionar a futbolistas conscientes de que su futuro no está en Palma sea cual sea el final del calvario, unos traspasados, otros por convenio y los menos por el importe de sus contratos. Una situación que reproduce la del descenso en promoción contra el Oviedo, de nuevo compañero de fatigas, en el descenso de 1988. Pero, además de perder la implicación del vestuario visto lo visto en Mendizorroza, se ha confundido a si mismo. Los cambios introducidos en Elche que provocaron tan dolorosa derrota, fueron otra advertencia de lo que vendría ante el Valencia y contra el Alavés. El argentino ofrece apariencia de seguridad y firmeza donde solamente se advierte inseguridad y duda, los mismos defectos que atenazan a su retaguardia, portero incluido. No cabe interpretar de otra forma la renuncia a sus principios para castigar acciones individuales o, como en el caso de Jan Virgili, didáctica particular a costa del rendimiento del equipo.
Señales. Las hay, las habido y las habrá para quienes quieran verlas. No es el caso del millonario que despide entrenadores desde Londres y viene a presumir en Son Bibiloni convencido de que ha amainado la tormenta a pesar de los rayos y truenos que caen en derredor. Felicite nuevamente a los causantes, señor y explíqueselo no a sus capitalistas, sino al mallorquinismo, al de verdad, al de los herederos de 1916 no a los del 2016.

