Un dulce comienzo
Uno de los mejores entrenadores que tuve la oportunidad de conocer bien y con quien compartí no pocas charlas de aeropuerto y hotel, me dijo en cierta ocasión que cuando un equipo alcanza una racha de buenos resultados y se halla bien situado en la clasificación apenas se producen lesiones, ni enfermedades y todos los integrantes de la plantilla quieren jugar. Todo lo contrario sucede si vienen mal dadas porque entonces a uno le duele el tobillo, otro problemas musculares unas décimas de fiebre y en suma, siempre hay auto descartes.
El Mallorca se encuentra ahora en el primero de los casos. No hay la menor ficción entre quienes ocupan la enfermería, ni tampoco falta competitividad para lograr un puesto en la alineación de cada jornada. Es un comienzo de liga dulce al que todos se apuntan e incluso los suplentes observan con sana envidia a los titulares.
Ahora que Reina parece un seguro en la portería y celebra records me viene a la memoria una anécdota de porteros en un encuentro que se celebraba en el campos del Gimnastic de Tarragona, puede que fuera el partido inaugural del nuevo estadio aunque este dato me baila un poco. De lo que estoy seguro es de que el Mallorca salió con uno de los dos porteros en nómina, como citan en la película de los hermanos Cohen, Fargo, «omitiré los nombres de los protagonistas por respeto a los vivos, pero contaré los hechos tal y como sucedieron por respeto a los muertos».
Nada más empezar el partido el equipo local se lanzó a un agobiante asedio sobre el área mallorquinista, de tal manera que al primer cuarto de hora ya se habían sucedido tres o cuatro ocasiones de gol y como media docena de saques de esquina. Antes de botar uno de ellos, el cancerbero alineado inicialmente, se llevó la mano al hombro gritando al banquillo que le dolía mucho y pidió el cambio. La verdad es que no había más lesión que la tormenta que se le había venido encima y decidió soltar la papeleta a su colega. Uno de los dos creo que aún vive, el otro, lamentablemente, ya no.

