Un gris Mundial

Singularidades aparte, el nivel de juego medio que ofrece el Mundial, espléndidamente organizado más allá de los justificados prejuicios ocasionados al margen de cuestiones estrictamente deportivas, no ha estado a la altura que hacía presumir la presencia de las más rutilantes estrellas del firmamento balompédico.

La epatante Brasil ya está en casa castigada a pensar en el 2026, más le vale. Francia y Argentina apuntan a una final más barata que cara, en el caso de la albiceleste sin olvidar su lapsus nada menos que frente a Arabia Saudí. Y por mucha simpatía que generen sus resultados, no creo que nadie se atreva a sugerir que Marruecos genera una invitación en localidad preferente para admirar el fútbol que practica.

Precisamente el pragmatismo lógico de su seleccionador, Regragui, resucita un debate tan viejo que solo los aficionados más jóvenes están legitimados para sostener. Y aunque hay entrenadores muy tercos, la diferencia entre lo que uno quiere o puede desarrollar siempre fluctúa en función de las características de los futbolistas a sus órdenes. Fin de la polémica.

Si coincidimos en que Luis Enrique no será de los técnicos que han dejado huella en le Selección, unos para bien y otros para no tanto, es inútil darle vueltas al pasado por reciente que sea. Y en este negocio el partido de ayer ya es historia, del de anteayer prescindimos y de la semana pasada ya ni hablamos. No conduce a nada. «No sirve, decía Juancho Forneris, y si no sirve para qué vamos a escribir». Pues eso.

Salvo que los tres partidos que restan propongan improbables novedades, el Mundial de Qatar dejará titulares por un montón de lances que poco tienen que ver con el fútbol. A diferencia de algunos de los anteriores, no hemos visto ninguna aportación táctica, estratégica, posicional ni tampoco una cota de juego de la que podamos hablar ni siquiera el inminente año que nos aguarda. Gris, no; lo siguiente, salvo contadas y puntuales excepciones que confirman el color.