Un tango en pleno tanatorio

No es la primera vez que un entrenador decide cambiar de aires antes de empezar la temporada. Luis Aragonés obligó al Mallorca a firmar una cláusula por la que podía rescindir su contrato en caso de recibir una oferta del Atlético de Madrid aunque fuera en Segunda, como así fue, o la Selección Española. Demichelis es reincidente, pues ya le pagó al club colchonero 7 millones para recalar en el City, como jugador,  y ahora ha cerrado el círculo al elegir Leipzig en lugar de Palma, un equipo de segunda división por otro de la Bundesliga. Nada que objetar.

Las circunstancias son otras. Nos hallamos en primera instancia ante una cuestión de confianza, la que Pablo Ortells depositó en el técnico argentino y la que este pareció mostrar, agradecido, al renovar por dos años pese a haber fracasado en el logro de su objetivo: salvar la categoría. El director deportivo erró entonces en aras de lo fácil y seguramente más económico, mientras que aquel que puso a su lado para la «reconstrucción» haya valorado con una evidente falta de tacto una propuesta de calado contra un proyecto inexistente. De otro lado, nada que sorprenda.

Permítame preguntar, su señoría, si la noticia llegó a Son Moix vía interesado, a través de Red Bull o sus reprsentantes para conocer el importe de la rescisión, si se había establecido algún epígrafe al efecto,  se hubiera abierto una negociación rápida entre clubs o, de acuerdo con usos y costumbres, el cornudo ha sido el último en enterarse.

Lamentablemente la verdadera víctima es la de siempre, la afición, el mallorquinismo presente, el latente y hasta el sumiso. La traicionera espantá del involucrado no exime al club de sus numerosos pecados, otro más. Sin haber superado la decepción del descenso, una carga de profundidad contra la ilusión, alguien más tendrá que asumir el hecho de no haber previsto lo que podía ocurrir justo en el delicado momento en el que la indiferencia gana terreno a la indignación. Si lo supieron y no hicieron nada, desahogados, si lo temían y miraron para otro lado, inconscientes, si no previeron la posibilidad, incompetentes y si lo han aceptado como un traspaso más, cicateros.

Pero en una estructura piramidal, la salida de Martín Demichelis debería suponer la de Pablo Ortells, Alfonso Díaz y el mismísimo Andy Kohlberg, el primero en ir a Son Bibiloni a regocijarse con el protagonista de la historia por haber ganado un partido no sé a quién ni dónde. Es una utopía pedirle al dueño que se vaya, ya que es el dueño. Puede que compre futbolistas a la baja, sí, pero es probable que al fin y a la postre, sean sus títulos de propiedad los que tenga que vender en liquidación.