Vacuna o parón

Si en el fútbol profesional el problema es más que peliagudo, a medida que bajamos de categoría y por lo tanto de recursos económicos, humanos e instalaciones, arrancar las competiciones sin más recomendación que el cuidado personal de cada uno y un protocolo que aun está por ver pero que muchos no podrán cumplir, parece un riesgo que no compensa.

Confiar en las precauciones que cada individuo pueda tomar ya se ha demostrado insuficiente. No digamos si tenemos que empezar a hablar de menores de edad. Y pretender que cada club se haga responsable de las medidas que garanticen la seguridad sanitaria de jugadores y empleados es ignorar que muchos de estos recintos para la práctica deportiva son multiusos, piscina incluida, o de titularidad municipal, lo que relativiza claramente una hipotética culpabilidad en la cadena de mando y abona el terreno del enfrentamiento institucional.

Si la única vía factible de control que consideran los expertos es la vacuna, eso vale para cualquier deporte o, en el peor de los casos, prohibir cualquier especialidad.

Les voy a poner un ejemplo. El pádel está permitido en pista cubierta y descubierta, en parejas de a dos o individual. Pero la mayoría de veces los jugadores, y hablo en términos de aficionado, no solo es que circulen por los clubs sin mascarilla, es que en un mismo banco de apenas un metro y medio o dos se cambian o refrescan todos juntos. Los cruces de lado se hacen al unísono por las mismas puertas, los siguientes en ocupar la misma pista preparan sus cosas sin la menor distancia social entre si, ni entre los salientes. Un casos desde el punto de vista de las recomendaciones sanitarias. Y si esto ocurre en grupos de dos a cuatro personas como mucho, imagínense en los de once o veintidos más árbitros, técnicos, auxiliares y directivos.

O vacuna o parón. Sea la rusa, si funciona, o la de Madagascar si existiera.