A la caza del árbitro

La veda la levantó el Real Madrid y todos sus cazadores se apostaron en sus reservas dispuestos para la caza de los árbitros. Con las cámaras de la televisión del club orquestada por Florentino Pérez, en cuya foto no sales al menor movimiento, en lugar de escopetas, apenas ha quedado algún títere con cabeza fuera del redil cercado por Medina Cantalejo. La estampida se ha quedado en desbandada, perro que ladra no muerde, lo que ha animado a más aficionados a probar suerte con o sin punto de mira sobre el cañón.

El último en sumarse a la cacería ha sido el Espanyol, comprensiblemente rabioso al perder en Palma un punto que, entre Muriqi y Joan García, le habían regalado. Los cartuchos de las armas blanquiazules en forma de comunicado oficial han apuntado a la cabeza de Quintero González, árbitro del encuentro, y, sobre todo, de Carlos Del Cerro Grande, ojo avizor desde la cabina VOR. Vaya en su favor que, en caso de querer perjudicar a los «pericos», le habría bastado con dar validez al penalti por mano que señaló el juez principal y que fue anulado a instancias del madrileño porque, hablemos claro, la falta había existido claramente más allá de su libre interpretación.

Encajar goles en los minutos de prolongación fastidia muchísimo. Hacerlo de penalty y, además, repetido, seguramente más. Pero no voy a entrar en la evidente infracción de Cheddira al pisar el semicírculo antes de tiempo y participar en la acción generada, por cierto también con la mano, ni en el máximo castigo que se reclama en una carga de Mojica sobre Jofre en el área local porque estes líneas no van de tal palo. Lo que sí me sorprende es que desde Cornellá no saliera ni una circular, oficio o telegrama, para protestar por el omisión de la tarjeta roja a Romero por su entrada sobre Mbappé durante la visita del Real Madrid a El Prat. Deduzco que en aquella ocasión le tocaba disparar al dueño de la dehesa o sus acólitos.