Cinco leyendas del Mallorca
A lo largo de mi trayectoria profesional he conocido 50 entrenadores al frente del primer equipo del Mallorca, desde Juan Carlos Forneris hasta Martín Demichelis, casualmente ambos argentinos si bien con notorias diferencias de carácter y, sobre todo, conocimientos. Unos me gustaron más y otros menos, logros aparte. La relación con cada uno de ellos añade alguna inevitable nota de subjetividad, pero solo los que cuento con el dedo de una mano me marcaron por lo que me enseñaron del fútbol en general y el juego en particular. Para mi cinco leyendas de una historia personal de algo más de medio siglo. Los mencionaré por orden de aparición en mi carrera sin la menor intención de establecer una calificación de mérito.
Mi lista empieza por Joancho cuyo primer contacto con él lo tuve en el Plantío, donde el Mallorca empató ante el Burgos entonces entrenado por un viejo portero de la Real Sociedad, Izaguirre. Ya era titular porque durante una temporada había formado tándem con un tal Sergio Rodríguez al carecer del título que debía habilitarle para sentarse en el banquillo. Lo fue todo en el club, incluso encargado de material, pasó los tragos más amargos y aconsejó con sabiduría a otros colegas sin llamar nunca la atención. Exigió ser enterrado con su ataúd envuelto en la bandera del club. Tenía una extraordinaria visión para cazar a primera vista las virtudes o defectos de cada jugador.
Antonio Oviedo Saldaña fue el artífice de la verdadera refundación del club bajo el mandato de Miquel Contestí, que le despidió injustamente en la nochebuena de 1981 cuando el equipo figuraba con dos positivos en la tabla de Segunda a la que había ascendido al equipo en dos años desde el pozo de tercera división que era prácticamente una categoría regional. También había llegado como futbolista procedente del Sevilla. Nunca fue tratado como merecía su mallorquinismo hasta que el presidente Jaume Cladera le incorporó a la secretaría técnica, puesto que conservó hasta el cambio de propiedad del 2013.
El única mallorquín, Llorenç Serra Ferrer. En la temporada 1986-87, el año del play off en Primera, el Mallorca hizo el que posiblemente haya sido el mejor fútbol de su historia. También le clasificó por primera vez para la final de la Copa del Rey en 1991. Subió al Poblense a Segunda B y de allí pasó al filial del Mallorca hasta alcanzar el primer equipo. En Pamplona, antes de enfrentarse al Osasuna, tuvo el detalle de explicarme su plan de partido a fin de compararlo con lo que después se desarrollara sobre el terreno. Estudioso y amante de la disciplina, se pasó todo un verano en la concentración del Ajax para tomar nota de los postulados de Johan Cruyjff, al que admiraba.
Héctor Cúper era un desconocido en Europa cuando se lo recomendaron a Antonio Asensio Pizarro, nuevo propietario del club. Siempre marcó distancias con la plantilla, estableciendo un principio de autoridad y respeto que no estaba reñido con el manejo del grupo. Motivaba a los jugadores propinándoles un golpe en el pecho uno por uno justo al salir al campo. Impuso una férrea idea de la solidaridad, todos atacan y todos defienden. Gran valedor de Engonga de quien dijo que «si pudiera, me lo llevaría a mi casa». Cuarto y quinto en dos campeonatos de liga y finalista de la última Recopa de Europa de la UEFA, perdida por la mínima en Birmingham ante la Lazio de Roma.
Luis Aragonés, el sabio que transmitía como nadie su sabiduría. Logró la mejor clasificación histórica del equipo, tercero en primera división. El hombre que conocía al dedillo no solamente a propios y extraños, sino los intrincados vericuetos de lo que podríamos denominar la cara B del fútbol. Consagró a Samuel Etoo, que le llamaba el abuelo, exigiéndole como a nadie. Un pozo de anécdotas a cual más interesante. Se enfadó con Mateu Alemany al traspasar a Stankovic. Cuestionado en la cuarta jornada del que sería su mejor año, porque en cuatro partidos el Mallorca solo tenía un punto, respondió: «si este equipo desciende, yo me tiro al agua de la bahía». Lo clasificó para la Champions.
