Nos hemos vuelto locos
Lo ví con mis propios ojos, evidentemente por la tele. Era un Sevilla-Leganés. Se jugaban la vida, o sea el descenso. Un veloz extremo visitante, Diomandé, sorprendió en un contragolpe y se plantó solo delante del portero local para deshacer el empate a dos que registraba el marcador y convertirlo en un 2-3 definitivo, pero le regaló el balón al meta Nyland. El equipo pepinero regresó a Segunda poco después y el andaluz se salvó, una vez más, con intervención divina.
No lo podía creer cuando leí que el Real Madrid fichaba por la friolera de 140 millones de euros al autor de aquel remate desgraciado. Tal vez una cifra muy cercana a la que le costó al club de Butarque la pérdida de categoría que se ganó no solamente por aquel fallo. Soy consciente de ello. Igualmente estoy seguro de que el «costamarfileño» ha madurado, entonces tenía 18 años, muchísimo y sabemos lo que cuesta, aunque no lo que vale. Quizás más. Solo es un ejemplo de la irrealidad en la que situamos a los futbolistas en función de la escala en la que se desenvuelven hasta coronarles entre los más grandes o reyezuelos de los más modestos.
Por eso me chocan los comentarios que preceden a la llegada de nuevos jugadores para alentar la ilusión de los aficionados, tan contradictorios si no responden a las expectativas forjadas a través de plumas ajenas, teclados hoy día. Para no alejarnos del primer círculo concéntrico de nuestra área informativa -edificio, calle, barrio, ciudad, provincia, región, país, ……..-pensaba en el tratamiento dedicado a los dos últimos refuerzos del Mallorca. No por deseados, ni Adrián Liso ni Josep Cerdá son mejores futbolistas. Han de demostrar todavía cuál es su nivel técnico, fìsico, espíritu, cerebral y colectivo. Ellos y todos los demás.
La presente reflexión no pretende ejemplarizar en nombres concretos, sino en el desatino de desembolsar la mayor cifra jamás invertida en la historia del tropecientas veces campeón de Europa o aunque sean tres millones, por unos chicos estupendos que salen del Andorra, segunda división, o el Real Zaragoza, primera federación. No es nada personal, es el mercado. Lo sé. Precisamente esto es lo peor, porque de este desequlibrio económico al que nadie mete mano ni regula nace el resto de problemas que amenazan a nuestro enfermizo fútbol.
