Circo al aire libre
El virus que cierra el círculo lo forman los futbolistas y sus agentes o agencias. No mandan los clubs, obligados a sobrevivir en una verdadera selva de contratos exagerados a millones y comisiones superlativas. No nos referimos ya a las grandes estrellas aunque la relación precio/calidad de Messi le ha salido negativa al Paris Saint Germain, sino a que futbolistas de segunda división que se mantengan diez o quince años en activo, cuelgan las botas con un patrimonio que un trabajador de clase media no logrará reunir en sus ocho lustros de vida laboral. Ya no digamos en Primera.
Javier Tebas se puede desgañitar desde el púlpito de la Liga de Fútbol Profesional proclamando que los clubs obtienen beneficios y los directivos en cuestión pintar sus balances como prefieran. Pero si usaran tinta rosa no se habrían aferrado como locos a esa hipoteca con vencimiento a 50 años que les ha planteado el fondo CVC y han firmado todos menos cuatro. Aun si ser sociedad anónima el Barça es un ejemplo paradigmático e incluso el Betis que, amparado en su reciente título copero, anuncia el fichaje más caro de sus historia: Isco.
La verdad es que los gastos superan siempre a los ingresos y que ni la televisión ni la publicidad y muchos menos la venta de localidades directas o mediante abonos bastan para pagar las cifras que se manejan en el mercado más allá de los caprichos de acaudalados jeques árabes, oligarcas rusos o millonarios norteamericanos en los que repentinamente se han despertado unas pasiones amorosas por determinados equipos que muchos de ellos no habrían sabido colocar en un mapa antes de su adquisición.
El circo no está bajo la carpa, sino fuera.

