Copa por decreto
No puedo escribir más que en mi propio nombre, pero creo que algunas cosas de las que opinio a continuación son compartidas por esa cosa abstracta e indetectable que se llama «mayoría silenciosa» que, de otro lado, no sirve más que para consuelo del firmante.
La «minoría ruidosa» se excita una vez más ante la final de la Copa del Rey, un «clásico» más, para satisfacción de la Federació Española de Fútbol, cuna del más rancio conservadurismo futbolístico, que garantiza una vez más la presencia en Arabia de los equipos que quieren en la Supercopa. Para eso pagan. Lo raro es que este llamado torneo del K.O, llamado así porque nos atonta de aburrimiento a todos, no vaya a dilucidarse en Miami, donde también hay ricos dispuestos a rascarse los dólares del bolsillo.
Acabo de enterarme de que el Mallorca promociona ya un documental sobre su participación en la pantomima del pasado mes de enero en Jedaah. Será para mostrar al presidente Kohlberg sentado entre Florentino Pérez y la realeza saudí, la maravillosa organización del desplazamiento pergeñada por el CEO, Alfonso Díaz, pero sin imágenes del acoso sufrido por los y las acompañantes, incluidas las familias de los futbolistas, o la propuesta de intercambio de unas invitaciones a los inquilinos de los palcos VIP No servidos por el clausurado restaurante Presuntuoso. La verdad, no veo otro objetivo que no sea llenar una hora de la programación de IB3 o vayan ustedes a saber.
Vaya por delante que la fórmula actual y el emplazamiento de esta «final four» es una de las muchas competiciones que no consiguen captar mi interés porque ha llegado un momento en que la parafernalia arbitral y mediática de los Madrid-Barça me repele. Por cierto, no es que González Fuertes no pueda estar en la cabina VOR del encuentro, es que no debería haber pitado jamás en primera división, no por deshonesto, sino por malo.
A esta asco profundo por una competición manipulada a favor de los más poderosos, de fuertes ya hablaríamos, que la propia UEFA enterró al suprimir la Copa de Europa de Campeones de Copa cuya última final la disputó precisamente el Mallorca bajo la batuta de Mateo Alemany por delegación de Antonio Asensio Pizarro y un equipazo a las órdenes de Héctor Cúper sin «Chiquinhos» y otros experimentos, se une la actual retahíla de torneos con mayor afán recaudatorio que la Agencia Tributaria.
La Conference, la Nations League, el Mundialito de Clubes, el de Selecciones, y los partidos de pretemporada, a los que se suma el Ciudad de Palma de un tiempo a esta parte, integran el rosario de inventos que saturan el calendario, perjudican a los jugadores, preocupan a los entrenadores, no aportan nada y desprecian a los aficionados (calendario, horarios, precios, etc) para enriquecer a no sabemos cuántos ni a santo de qué.
