Cualquier tiempo pasado
Esperábamos que España ganara a Suecia, si; que venciera a Polonia, también. Y deseamos, casi exigimos, que derrote a Eslovaquia. Lo de menos es la clasificación porque, en caso de superar la fase de grupos, la cosa se pone más fea. Pero, claro, si no creemos en la victoria de la Selección rojigualda ante un combinado en teoría muy inferior, es para que pasado ambos Luises, Rubiales y Enrique, enfilen el camino de casa y vacíen sus despachos a la espera de inquilinos menos polemizantes, no polémicos, y obstinados. En pleno reinado del populismo, tanto político como artístico, social y deportivo, nos han venido a tocar los tíos menos empáticos del planeta balompédico hispano.
Es verdad que el resultado, sea cual sea, no cambia absolutamente nada de cuanto hemos visto y no visto, pero un triunfo va inevitablemente ligado a algún tipo de esperanza y, en cambio, caer frente a un enemigo potencialmente inferior abre las puertas de la depresión y «La Roja» de hoy está más cerca de la de Clemente, salvando las distancias y el estilo, que de la de Luis Aragonés e incluso Vicente Del Bosque.
Antaño nos enfrentábamos alegremente a la infundada ilusión de ser campeones, fuera de la Eurocopa o del Mundial. Salvo las excepciones conocidas, solíamos llegar a cuartos de final. Ahora hemos asumido el rol de comparsa, ya no damos por supuesto que vamos a ganarlo todo, hemos perdido hasta ese carácter mitad ingenuo, mitad prepotente. Como si tuviéramos siempre a los mejores futbolistas del mundo. Y no, tuvimos algunos pero ya no. Así que ganar a Eslovaquia estaría bien y después si eso…..

