De primas y primos
La mala o buena costumbre de las primas para los jugadores en los equipos de fútbol, tiene más de un siglo. Se establecieron porque en aquellos albores del siglo XX y hasta bastante tiempo después, los salarios de los futbolistas profesionales eran muy bajos, así que una forma de que ganaran más dinero fue incentivarlos por objetivos que iban desde la victoria, ganar títulos, ascender de categoría o la permanencia en ella. Ignoro cómo encaja el concepto dentro de los límites salariales impuestos por la Liga de Fútbol Profesional.
Los acuerdos entre clubs y capitanes, en representación de cada plantilla, han ocupado cantidad de papel en las páginas de deportes, programas de radio y televisión. Nunca fue fácil descubrir la cuantía y los objetivos marcados en las casi siempre arduas conversaciones entre ambas partes con el fin de dificultar las inspecciones tributarias siempre atentas a la caza de los famosos y, sin duda, casi todos los profesionales del fútbol, lo son. Existía, no se si se mantiene, la tácita costumbre de que los entrenadores debían percibir el doble de la cantidad pactada con sus discípulos.
La evolución del negocio ha diversificado hasta increíbles supuestos, el abono de tales estímulos que en determinados casos exceden el común de vestuario y se contempla como un extra en el contrato de ciertos jugadores destacados. Se paga por goles, asistencias, partidos jugados y no creo que se haya llegado a plantear por paradas de los porteros, aunque tampoco dudo que entrarán en algún tipo semejante a «equipos menos goleado» o media de goles encajados por partido. Si no se ha dado aún, pronto lo hará.
Siempre he pensado que exigir un ingreso marginal por el hecho de cumplir bien con su trabajo, que en este caso es jugar y, si es posible, ganar, equivale a un aliciente por objetivos, pero muy distinto de obtenerlos en cualquier otra empresa convencional porque en las deportivas el retorno del dinero al empresario es difícil de cuantificar, salvo en casos muy concretos en los que la clasificación comporte beneficios.
Establecido el planteamiento y el nudo, el desenlace a tenor del acuerdo sobre el particular alcanzado por el CEO del Mallorca, Alfonso Díaz, con el conjunto de la plantilla a la que se ha negado premiar por la simple permanencia -no tan simple al constituir el único patrimonio del club- no admite el menor éxito de negociación y retrata la falsa ética del personaje. Su postura, evidentemente en sintonía con las instrucciones del presidente Kohlberg, solo sería lógica si la propia confección del plantel garantizara evitar las tres últimas posiciones, pero cuando lo que el club ha planificado apunta a serias dificultades para encontrar temporada tras temporada a tres rivales peores, terminar del décimo séptimo hacia arriba merece más que una prima, un homenaje.
