Desde el infierno

Descendamos a los infiernos. Si son como los describe Dante Alghieri en La Divina Comedia, el Atlétic Balears sigue anclado en el primer círculo, el limbo. De alli no sale Ingo Volkman por no entender lo básico y reiterativo: el dinero hay que ponerlo en el campo. Las comisiones y la familia van aparte.

El Mallorca B ha bajado más. A mayor profundidad, mayor pecado. La renovación de Gustavo Siviero, uno de los profesionales más íntegros de los que han desfilado desde el Lluis Sitjar a Son Moix y Son Biloni,  se interpreta como un acto de contrición y reconocimiento de culpa, no de la del entrenador, sino del departamento que dirige, es un decir, Pablo Ortells. El problema número dos, ya saben, que no ha entrenado ni al equipo de su pueblo. Pero como el escalón es de la Avaricia, no olvidemos al número uno. En efecto, si pierdes la categoría haciendo un ridículo monumental, condenando al fracaso a los chicos, a sus preparadores y mantienes a estos últimos en sus cargos, te conviertes en reo de tu propio penitencia.

Tendemos a fijarnos en la labor de quien formara parte, de scouting más que nada, en el Villarreal (se lo colaron a Sarver y Kohlberg), por sus gestiones sobre el primer equipo, pero lo de Son Bibiloni clama al cielo y por tratarse de lo que afecta a los más jóvenes, no tiene perdón. En este punto y en los cuadros de El Bosco, deberían aparecer los demonios de la dejadez y la desidia como prueba fehaciente de la falsedad que encierra citar a la cantera como promesa y garantía de futuro.

Aunque este duo poco dinámico crea que el club es suyo por delegación de la propiedad o, peor aún, dejación de sus funciones y responsabilidad, se equivocan. Podrán ser los dueños de sus acciones, pero el Mallorca ha sido, es y será de sus seguidores y aficionados que, por supuesto, tampoco están exentos de falta.