El balido de los corderos
Como le escuché decir a Woody Allen, correr el riesgo de adquirir una enfermedad grave como la COVID 19, creas o no en su realidad, por no llevar una mascarilla es una estupidez solo digna de la raza humana porque, en efecto, llevándola no pierdes nada pero si ella puedes perder mucho.
Por eso no acabo de entender la fiebre de ciertos aficionados al fútbol locos por ver llenas las gradas de los estadios y ferozmente ofendidos por no poder acudir al campo para ver los partidos de sus equipos a cualquier coste o, mejor dicho, a todo riesgo. En el caso del Mallorca no está de más recordar que en sus principales citas de la Champions que jugó en Son Moix, no se superaron los 11.000 espectadores. 20.000 solo si vienen el Real Madrid o el Barça, ni siquiera el Atlético. 14.500 abonados, según cifras oficiales, que tampoco van nunca todos. Las medias oscilan en torno a los 12.000 asistentes por partido. Y luego nos quejamos porque los dueños, en pleno ejercicio de sus derechos, prefieren horarios para contentar a los lejanos «fans» de Take Kubo o Kang-in Lee.
Aun consciente del desprecio del club, no de este sino de todos, a su afición, no estaría de más una evaluación formal de la calidad cuantitativa de la masa social del Real Mallorca SAD. Una medida que no es posible calcular a través de sus televidentes, por cierto bastante pocos según los operadores, ni de las redes sociales, en las que el más tonto hace relojes. Claro que pocos o muchos, los que sean, merecen mayor consideración por resignados y sumisos que parezcan.

