El ejemplo de Vallecas
Tanto los fondos de inversión como cualquiera de los accionistas de las sociedades anónimas deportivas, esencialmente los titulares de las dedicadas al fútbol, igual que los aficionados y abonados de sus equipos no deberían echar en saco roto ni relativizar lo ocurrido el pasado sábado en el estadio de Vallecas que obligó a la supensión del partido entre el Rayo Vallecano y el Athletic.
El lanzamiento de aviones de papel y pequeñas bolas de material inocuo aunque lo suficientemente molesto como para impedir el desarrollo normal del juego, no fue solamente una protesta contra un modelo de gestión o una forma concreta de administración, sino el recordatorio claro y meridiano de que la propiedad capital del club no tiene nada que ver con le verdadera esencia de esta misma propiedad.
El sentimiento le ganó al dinero, el deporte al negocio, la grada al palco. Los seguidores del Rayo le dijeron a Martín Presa que la compra de la SAD no le ortorgaba el menor derecho sobre sus raíces sociales y más entrañables, ni su condición de presidente está por encima de la bandera y los colores. El fútbol sobrevive y se alimenta del fervor ciego del público, no de inversiones más o menos interesadas.
A veces el silencio se percibe con más potencia que el trueno. Rodeados de seguridad, Andy Kohlberg y sus jerifaltes, asistían impávidos a la ejecución del Mallorca en su descenso a segunda división, impasibles ante una pañolada tímida al son de esa canción coral titulada «¡directiva dimisión!». Mucho «segurata» para tan débil asedio. Pero aunque ignoraran aquella muestra de desagrado, solo eso, harían bien en aprender la lección de hace unos días en campo ajeno. No son más que los inquilinos, como otros muchos, de un cuerpo inanimado extraño al alma de un afecto sin efecto que nunca podrán comprar. Como otros muchos.