El fútbol decae

Ya sé que no vale como muestra ni aunque a veces baste un botón y mucho menos adquiere valor estadístico del menor género, pero en menos de 48 horas ye me he encontrado con dos buenos aficionados al fútbol que me aseguran aburrirse soberanamente contemplando un partido. Alguno hasta se entretiene con otros elementos, un libro, un ordenador, una conversación y solo levanta la mirada hacia el televisor cuando escucha que se canta un gol. Esto que les cuento no sirve para nada, pero me devuelve a un desayuno o, mejor dicho, a una comida entre amigos en la que se debatió sobre la innegable caída de audiencia a través de la pequeña pantalla, aunque cada vez las fabrican más grandes, que se corresponde con los índices de asistencia de espectadores a los estadios.

¿Se estará empezando la gallina a cansar de poner sus huevos de oro?. Lo que es evidente es que ni una sola de las fórmulas «renovadoras» que proponen la UEFA o la FIFA contribuyen a reconducir la situación, que en tiempos de crisis las localidades, abonos o suscripciones salen más caros de lo que muchos individuos están dispuestos o pueden pagar y que las cifras multimillonarias que se siguen manejando en los mercados de jugadores restan popularidad a los ídolos y ponen en cuestión la capacidad de los dirigentes o propietarios de los clubs, por otra parte cada vez menos arraigados y aferrados a los sentimientos de sus aficiones ya que, nacidos en su mayoría de la simpatía  generada por la proximidad geográfica, van acabando en manos de inversores sin apego al territorio, la historia y sus raíces.

Este pequeño apunte es tan aburrido como un mal encuentro. Lo reconozco. Solo digo que hoy, 29 de junio del 2021 y en pleno día de San Pedro y San Pablo, advierto de que el negocio va mal, pinta peor y nada permite prever que enderece el rumbo. Dicho queda.