Fútbol perversión

En plenitud de su carrera tanto en el Barça como en la Selección, Andrés Iniesta respondió así a preguntas de un informador: «Yo juego para ser feliz, no para ganar». No creo que muchos de sus colegas de profesión que no han tenido ni tienen la suerte de llegar a un equipo de los grandes, piensen igual. Sin duda es un sentimiento «naif» en el cada vez más complejo mundo del balompié, incluso romántico pero desfasado en el concepto de negocio que ha sustituido al significado del deporte digamos olímpico, esfera igualmente invadida por el marcantilismo.

Alvaro Cervera, hoy entrenador del Tenerife y uno de los buenos futbolistas que vistió la camiseta del Mallorca en tiempos de Miquel Contestí, se lamentaba del ninguneo a que se ven sometidos los clubs modestos: «A nosotros nos tienen en el rincón del fútbol y ahí se equivocan». En efecto sin competir con otros rivales más débiles y con menores posibilidades económicas y sociales, los prepotentes gigantes que, sobre todo en España, exigen una supremacía imperativa, carecerían de fundamentos sobre los que edificar sus dictaduras.

«Ganar, ganar y ganar», la consigna que más le gustaba a Luis Aragonés, alcanza actualmente niveles tan altos de necesidad como el ascenso a los altares del único dios falso, aunque no por ello menos adorado: el dinero. El verde césped de los estadios se ha convertido en un tapete de casino sobre el que se celebran enormes partidas de póker sometidas a unas apuestas estratosféricas. «Correa, -decía el «Sabio de Hortaleza»- es el mejor jugador que jamás he entrenado, pero no le gusta el fútbol». Evidentemente el delantero que fue del Atlético de Madrid y del Mallorca, no se parecía a Iniesta, pero encajaba dentro del amplio paisaje que perfila el fútbol de hoy en día.

Pasará mucho tiempo antes de que volvamos a ver ganar un título de liga al Athletic, la Real Sociedad o el Deportivo en tiempos no tan lejanos de Javier Clemente, Ormaechea o Arsenio Iglesias. Tampoco descender al Atlético de Madrid, Sevilla, Valencia o Betis. La Superliga ha muerto antes de nacer porque ya existe subrepticiamente a modo de media clasificación no casualmente coincidente con los límites salariales impuestos a unos y a otros. El vídeo no mató a la estrella de la radio, como cantaron The Buggles, ni la televisió al cine, pero tal vez pueda con el fútbol cuya mano muerde al tiempo que le da de comer.