Jueces contra jueces

Que la presión que desde la televisión del Real Madrid y otros medios más o menos afines y/o simptizantes se ejerce sobre los árbitros roza la obscenidad. Tanto ellos como el Barça tienen mucho que callar sin necesidad de recurrir como argumento al caso Negreira, que afecta tanto al cobrador como al pagador y otros agentes de ambos entornos.

El zoom ha ampliado la imagen y los árbitros, más cómodos bajo el paraguas de la Real Federación Española de Fútbol que abiertos a su independencia, han empezado a tirar unos contra otros. Uno de ellos, el leridano Estrada Fernández, enarbola el hisopo del agua que los bendice y desde la poltrona para la que fue designado sin protocolo hereditario, sucesorio ni mayor mérito que el capricho del ex presidente Luis Rubiales, el sevillano Medina Cantalejo lanza a su brazo armado, así definió Mateu Alemany al colectivo, contra el juez que instruye ese nuevo «Barçagate» desde cuya sala se alimentan no pocas sospechas. Curioso: los jueces del fútbol que no pueden ser juzgados salvo sanción inmediata, no se publican sus sistemas de ascensos o descensos, conversaciones de var a campo ni se comunican sus «neveras» por errores notorios, que cambian sus residencias entre colegios territoriales para justificar cambios de categoría, piden no ser calificados en las crónicas de sus actuaciones ni admiten opiniones en su contra ya sean de futbolistas, técnicos o directivos, reaccionan cuando es una autoridad distinta, la de la Justicia, pone en entredicho sus entrevías.

Ni Florentino Pérez, ni Jan Laporta tienen capacidad moral para referirse a los arbitrajes. Y lo saben. Quienes esgrimirían sobradas razones de queja son los clubs más modestos, muchos de ellos gravemente perjudicados por errores tan groseros que resultan difíciles de creer como yerros humanos producidos por la dificultad de su labor, que por supuesto existe y se zanja con una simple disculpa. Pero el problema no es de ellos, sino del sistema. Un capítulo más del que todavía impera en las federaciones deportivas de este país a la espera de que cambie de una vez por todas en lugar de limitarse a una declaración de intenciones.

Pero en esta tierra, donde nadie se plantea remover el sistema electoral porque a los políticos les va mejor cómo está y ya se han aprendido los trucos, muchos menos podemos exigir que lo haga el funcionamiento de estos pequeños reinos de taifas pertrechados en las trincheras de sus propias ruinas.