La cuenta de la vieja
Lo acaba de decir Su Santidad el Papa cuya ascua cada cual, político, cura o presidente del Real Madrid, arrima a su sardina: «el arte no puede ser una exclusiva de la élite ni el deporte ha de concebirse solo como negocio». Andy Kohlberg no lo entiende ni aunque se lo traduzcan y ni Alfonso Díaz ni Pablo Ortells cobran como traductores, los cuales caen como moscas a medida que se impone la Inteligencia Artificial. En cambio los directores financieros resisten cual Anas Laghrari de turno, el bancario de Florentino Pérez, mientras los deportivos se cargan cuantos entrenadores sea preciso antes de que la bola alcance su bolo.
Tampoco sabemos cómo funciona eso de la Ley de Transparencia a la que la Liga de Fútbol Profesional obliga a los clubs. Unos con palancas, otros con ingeniería financiera y todos sin un euro, invierten cantidades desorbitadas en futbolistas que no rentabilizan ni sus propias camisetas. Javier Tebas lo negará. El fútbol español va viento en popa, sin embargo las cuentas no le salen ni a la vieja.
Así a vuela pluma, calculo que el Mallorca he vendido durante las últimas cinco temporadas por valor de unos 55 millones de euros sin contar lo que logre sacar de la futura venta de Samu, que dependerá en gran medida de su alineación y el papel de Portugal en el Mundial que arranca el próximo jueves. Al traspaso de Muriqi, añadimos las salidas de Gio, Rajkovic, Kang in Lee, Copete, Van der Heyden, Greif, Maffeo, Larin y Mojica, nunca daremos con la cifra exacta, ni siquiera aproximada, en atención a la ley de opacidad ni utilizando el contador de asistencia de espectadores a Son Moix, pero la suma rondaría los 70 millones de euros. Y eso, según parece, vendiendo a la baja.
Si alguien cree que se han invertido siquiera la mitad en fichajes que levante la mano. Aún así pierden dinero ejercicio tras ejercicio. Cierto que las cesiones siempre salen a fondo perdido pero, a la vista del material recabado, tampoco salen muy caras. No hemos incluido a los entrenadores. Salimos a cinco en diez años, uno cada dos temporadas y si el dueño cumple su promesa de repetir otros diez, todavía habrá para contarlos con los dedos de una mano. Y todo, sin palancas, solo con tardeos, conciertos, entregas de premios, orlas, fines de curso, salas de musculación y running, perritos calientes o hamburguesas.
El Mallorca es una gran familia, si, en la que Kohlberg es el padre, Alfonso Díaz y Pablo Ortells los hijos y todos los demás somos primos. (En recuerdo de Fernando Lazareno Vega, Radio Juventud la Voz de Baleares. 1937-2013)