La gran mentira de los JJOO

Decía Alfredo Di Stefano que lo único honrado en el mundo del fútbol es el balón. Digo yo que lo más honesto que hay en los Juegos Olímpicos son los aros.

No entraré a calificar la idea, la puesta en escena o la ejecución de la ceremonia inaugural bajo una lluvia torrencial que nunca cae a gusto de todos. Al fin y al cabo el desfile de las 205 delegaciones participantes es tan aburrido en barca, como a pie o aunque fuera en avión. Por lo demás cada organizador vende su burra como mejor le parece o más le place.

La Olimpiada se ha degenerado a si misma al alejarse del lema del Barón de Coubertin, al que tanto alude, y los miembros del COI no se cansan de recordar para desviar la atención de su espíritu y continuar con el monumental negocio que representa. Lo que empezó como una cita blanca del deporte por encima de los enfrentamientos y guerras entre naciones, hace tiempo que abandonó la bandera de la pura afición para abrir de par en par sus puertas al deporte profesional. Cedió, como tantas otras cosas de la vida, a la tentación del dinero y entregó al diablo el alma que un día alumbró su razón de ser.

Los casos de corrupción que se han destapado en la concesión de las sedes y los que salpican a los comités olímpicos de determinados países son causa suficiente para inducir al escepticismo o la sátira. Para distinguir el grano de la paja entre los integrantes de las diferentes disciplinas, de cuyo tamiz también habría que hablar, sean en juegos de equipo o individuales, basta con reconocer lo que vemos a diario en las competiciones periódicas a lo largo de todo el planeta en las que el trofeo representa el símbolo del triunfo, pero los premios se pagan en metálico. Por no hablar de los incentivos que se pactan por conquistar medallas.

«Lo importante no es ganar, sino participar» se ha convertido en una mentira más que, repetida mil veces, se convierte en verdad, cual afirmaba Goebbels.