El resultado, verdad única
Decía Alfredo Di Stéfano que lo único honrado que hay en el fútbol es el balón. Debió ser antes de que Nike y Adidas se disputaran la supremacía de sus ventas a clubs y federaciones. Lo curioso es que tal evidencia no atiza el desencanto de los aficionados. La razón de esta fidelidad perruna radica en la solitaria verdad de su dictadura: el resultado.
Florentino Pérez dio carpetazo a su primera etapa en la presidencia del Real Madrid después de una derrota en Son Moix contra el Mallorca de Vicenç Grande y Jan Laporta se mantiene al frente del Barça pese a auditorías, tope salarial, retrasos en la profunda renovación del Nou Camp, caso Negreira, palancas y patrocinios congoleños, entre otros muchos frentes, porque Hansi Flick y sus muchachos ganaron todo menos la Champions, ahora un objetivo irrenunciable.
Alfonso Díaz, CEO del Mallorca, ha aprovechado la diada de los Alfonsinos celebrada el pasado domingo para remachar el clavo del apoyo de Andy Kohlberg: «estará muchos años en el club». Seguramente hasta que encuentre a un comprador que difícilmente aparezca a corto plazo, el único argumento que sostiene dicha afirmación. Pero mientras el equipo aguante en Primera, desahogado o justito, nadie levantará la voz.
Miquel Cardell, un empleado de banca que regió una gestora del club durante sus profunda crisis de mediados los setenta, me preguntó entre las desgatadas paredes de un Lluis Sitjar sin luz ni teléfono, cómo se podía revertir la situación. «Ganando partidos», le respondí. No hay otro lenguaje. No ha dios mayor. «Ganar, ganar y volver a ganar», exclamaba Luis Aragonés. El problema es que solo puede vencer uno o ninguno aunque, transformando la definición de Gary Lineker: el fútbol es un deporte de once contra otros once en el que siempre ganan el Barça o el Real Madrid. Al menos en España.
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