Ni Infantino, ni FIFA y asociados
La Asociación Independiente del Deporte de Empresas de Baleares (AIDEB) supongo que ha seguido las huellas imborrables del fundador de la Asociación de Fútbol de Empresas, Jaume Illana Nuñez, que después creo que continuó su hijo, que militó en las filas del Atlético Baleares. En aquellos lejanos tiempos de finales de los 70’s tuve la suerte de formar parte de su colectivo arbitral animado por Gabriel Flaquer, que había abandonado el Comité Balear, para dirigir los partidos entre empresas. Lo cuento para demostrar que cualquiera que se lo proponga y mucho más si hablamos de asociaciones profesionales, puede organizar sus propias competiciones, con sus comités reglamentarios y disciplinarios sin la menor necesidad de la intervención obsoleta de las federaciones ya sean territoriales, estatales o internacionales.
El todavía vigente entramado de entidades semi públicas deportivas cuya única labor, aparte de vivir y medrar a costa de sociedades anónimas privadas y la selección nacional de cada país que se aprovecha de ellas y de sus trabajadores, carece de sentido una vez sobrepasado el primer cuarto del siglo XXI. Si las respectivas ligas profesionales deberían hacerse cargo de regular sus campeonatos, las categorías teóricamente amateurs podrían ser gestionadas igualmente por agrupaciones como la descrita en el primer párrafo.
En algunos deportes, por ejemplo el tenis, las federaciones apenas pintan nada, refugiadas en la organización de eventos como la desprestigiada Copa Davis, o las del motor, controladas por los grandes «trusts» de los fabricantes.
Aunque según se denuncia estos días, la dimisión del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, es imperiosa y urgente a tenor de su escandalosa iniciativa de comercializar un Mundial que, no se olvide, se celebra con jugadores «trabajadores», a cargo de empresas privadas, obligados tácitamente a atender la llamada de sus equipos nacionales como si del servicio militar se tratara, el desmantelamiento de este gigantesco engaño montado sobre la coartada de los sentimientos de millones de aficionados, habría evitado este negocio a beneficio de trepas, listillos, ambiciosos y desahogados que se erigen en sátrapas convencidos de poseer el fútbol a título particular. Ni Joao Havelange, ni Joseph Blatter, ni Michel Platini, Grondona, Rubiales o cuantos hayan ocupado determinados sillones son muy diferentes.
Quien evita la ocasión, evita el pecado y si bien la corrupción reside en el ser humano, sería deseable no abonar el terreno para caer en la tentación. Desintegrar el sistema federativo no acabarían con ella, pero seguramente atomizaría sus efectos.
