No están todos los que son, ni son todos los que están

Vayamos con las cifras a ver si nos aclaramos. El Mallorca declaró haber alcanzado la pasada temporada la cifra de 23.044 abonados. Según números oficiales, los espectadores registrados el 16 de agosto del 2025 con motivo de la visita del Barça superaron el récord: 23.318. La del Real Madrid no llegó: 23.015. Teniendo en cuenta estos dos partidos de máxima espectación la asistencia media fue de 17.770 aficionados, de lo que se deduce que 6.000 digamos socios, para entendernos, hicieron novillos. Pero si contemplamos ambos encuentros como lo que son, verdaderas excepciones, dicho promedio desciende hasta los 15.332 lo que supondría la increíble ausencia de casi 8.000 seguidores con carnet. ¿Para qué lo habrían abonado si no pensaban ir?.

No cabe la menor duda de que los alocados e imprevisibles horarios determinados por la Liga de Fútbol Profesional presidida por Javier Tebas, que se ha apresurado a advertir la viga en el ojo de Gianni Infantino sin advertir la del suyo propio, influyeron en buen número de mallorquinistas a la hora de acudir a sus localidades. Pero tampoco olvidemos la cantidad de «culés» y «merengues» que engordan las taquillas por no recordar los 2.500 del Betis o las invitaciones, patrocinadores, instituciones y empleados del club, futbolistas, técnicos, administrativos y familiares que contribuyen al aumento.

A todo eso y según Alfonso Díaz, el CEO, el 47 por ciento del total corresponde a abonos suscritos por mayores de 65 años o menores de 21 bajo el supuesto de que ambos grupos asisten siempre, lo que tampoco sabemos si bien podemos imaginar. Si a estas alturas han renovado el 74 por ciento de la masa pese a la escasa reducción de precios y categoría habrá que ver si las nuevas cubren el 25 por ciento restante. Las matemáticas son su fuerte, no el mío, pero aun distinguimos entre lo que cuadra y lo que no.

Por eso hemos de ser muy cautos a la hora de analizar este tipo de campañas tendentes a provocar el mimetismo de los dudosos, porque engañarse a uno mismo no parece una buena estrategia lo diga Agamenón o su porquero.