No hay tanta diferencia
Aun conscientes del desinterés, más bien desprecio, prepotencia y complejo de superioridad cuando los grandes se enfrentan a los pequeños, ejemplos como los del Real Madrid en Cáceres, del Barça ante el principiante Intercity del bueno de Gustavo Siviero, del Atlético en Oviedo y lo que acabo de ver en el CD Ibiza, el de Segunda RFEF no el de Amadeo Salvo, frente al Betis, el fútbol debería imponerse una seria reflexión.
En relación a este último encuentro en términos coperos, es decir sin el VAR de por medio, caben dos apuntes. Uno es la constatación de lo malos que son los árbitros asistentes que por si mismos justifican la aplicación del vídeo arbitraje y, aparte, la incesante alineación de los principales con los más poderosos. A los ibicencos les fue anulado un gol por fuera de juego en posición completamente reglamentaria de Marín, mientras que los verdiblancos sellaron su segundo y tercer tanto en posiciones más que dudosas de Edgar y William José y entiendan la duda como ustedes quieran.
Pero volvamos al primer párrafo. Lo presenciado en los partidos de referencia y extrapolable al Pontevedra-Mallorca, Ceuta-Elche y alguno más, demuestra que la mayor diferencia entre futbolistas de élite y simples currantes del fútbol, no todos, reside en el importe de sus contratos y en las condiciones de sus entrenamientos. Para los modestos no hay gimnasios a su disposición, campos de preparación por doquier, decenas de técnicos, auxiliares y utilleros a su servicio y, hasta en ocasiones, horario para entrenar todos los días. Y el argumento de que los «importantes» cobran en función del dinero que generan es una falacia que cae por su propio peso nada más ver los balances de los clubs a final de cada temporada y su cuenta de débito. Ya rechazamos, por obvia, la comparación de los presupuestos que manejan los de arriba respecto a los de abajo.
El fútbol sí que necesita un ministerio de igualdad, pero sobre todo de lógica y un poco, solo un poco, de sensatez en medio de tanta irrealidad.
