Paisaje después de la batalla

Creo que solo se lo vi hacer alguna vez a Héctor Cúper, pasear solo sobre el césped del terreno de juego con las gradas ya vacías y un silencio casi sepulcral apenas interrumpido por algún miembro del personal de limpieza. La misma escena descrita con maestría en la impresionante «Un domingo cualquiera» de Oliver Stone, con Al Pacino en el rol de entrenador de un equipo de fútbol americano después de ganar la Superbowl. Yo lo llamo: pisar el paisaje después de la batalla.

Lo habrá hecho Javier Aguirre en su casa,  «whisquito con dos hielos» en mano antes de conciliar el sueño en la noche del miércoles. La calma posterior a la tempestad se erige en el escenario desde el que reproducir mentalmente los acontecimientos. «He disfrutado con la ilusión, idea, criterio, actitud en recuperar y mirar la portería contraria y finalizar. Magnífico partido, muy merecido el pase y enhorabuena a todos los implicados», me escribía Serra Ferrer al filo de las 22,30.

Algunos minutos antes y ya sereno más tarde, el Vasco lamentaría la absurda pataleta de Raillo, incomprensible en un profesional veterano, que no solo comprometía la victoria sino que deja a sus compañeros huérfanos al menos en la ida de la semifinal. Y pensaría que, al tratarse de futbolistas con experiencia, Morlanes y Muriqi pudieron ganar más tiempo en los contados contragolpes que la inferioridad numérica les permitía o, si acaso, terminar jugada, nunca perder el balón. Claro que son pequeños detalles en comparación a los aciertos expresados.

Pero la guerra sigue. Viene la batalla del Betis, donde será necesario mantener la ilusión, la actitud y la condición física. Además, con una designación arbitral dificilmente empeorable: Javier Iglesias Villanueva. ¡Y son los árbitros quienes se quejan!.