Sin herederos

Habrá que cambiar aquel spot publicitario en el que un señor mayor era visitado por alguien montado en un todo terreno, el único capaz de acceder a aquel remoto e inóspito lugar de la montaña, y al tener noticias de la civilización preguntaba ingénuamente: «¿y qué, el Madrid otra vez campeón de Europa?». Los tiempos cambian y los creativos tendrán que actualizar aquel guión para que el vejete cambie la pregunta: «¿y qué, Rafa Nadal otra vez campeón del Roland Garros?».

Ya está en semifinales, que no es poco. Federer se ha retirado a sus aposentos decidido a no poner en peligro su rodilla y Rafa, que ha vencido a todas sus lesiones, sueña con el que sería su décimo cuarto Trofeo de los Mosqueteros y al mismísimo Conde de Montescristo, digamos Djokovic. Pero más allá de trasladar la épica de Alejandro Dumas al tenis, intercambiando espadas por raquetas, cabe reflexionar sobre la trilogía en cuestión tras la que no se vislumbra sucesión.

¿Thiem?, si; el mejor. Zverev, ¿cuál de ellos?. ¿Tsisipas?, también. Todos en el pelotón de perseguidores, pero ninguno a la altura de los dioses. Ni siquiera por edad, mucho más jóvenes, alcanzan el nivel de los que siguen en todo lo alto del ranking de la ATP pese a haber pasado de largo la treintena, alguno más cerca de pasar a la decena siguiente. Es difícil que los aficionados al tenis vuelvan a disfrutar en la medida que lo han hecho con el mallorquín, el suizo y el balcánico. Gracias.