Sin señas de identidad
El fútbol ya no es un estado de ánimo, como asegura Jorge Valdano, ni tampoco una ilusión, según defiendo yo, se ha convertido en una industria gigantesca en torno a miles de negocios llamados clubs, basados en los sentimientos, cada vez menos profundos, de unos aficionados a los que menoscaban en beneficio de aquello que les proporciona ingresos: la televisión y la publicidad.
La recién finalizada Supercopa de España ha sido una clara demostración. Trasladada a Arabia Saudí al albor del dinero, previamente transformada en una «final four» por la Federación Española de Fútbol a costa de sobrecargar un calendario netamente lesivo para los futbolistas y alejado de los intereses del público en fechas, horarios y ubicación. Priman los teleespectadores, la gente en las gradas no diré que casi estorba porque siempre es un adorno necesario visto el esperpento de los estadios vacíos en las primeras olas de la pandemia del coronavirus.
El Real Madrid ganó el super título nacional con un un solo jugador español en sus filas, Lucas Vázquez. Pero no hace falta viajar hasta Valdebebas. Aquí mismo el Mallorca acaba de fichar a un nuevo director médico con pasada experiencia en el Sevilla y el Villarreal, idéntica procedencia del máximo responsable de fútbol, Pablo Ortells, el defensa Jaume Costa y el entrenador Luis García Plaza. No queda un solo mallorquín en el consejo de administración y los que aún continúan en el club son trabajadores a los que no pueden echar o tendrían que indemnizar. ¿Sentimiento?. Si, el nuestro y de muchos más, pero de pesar.