Un clásico de novela

Le llaman fútbol a este experimento sin público en el que tres días después de poner a un entrenador en la picota por perder ante un equipo de medio pelo en la Champions League, le suben a los altares por ganar a su eterno rival en una especie de «Historia de dos ciudades», la novela de Charles Dickens, trasladada a un estadio vacío. La dificultad estriba en descifrar quién representa la sencillez y el orden o de qué lado caen el caos y la agitación.

A Bartomeu, presidente del Barça, le crecen los enanos en esta pista de circo montada por la Liga de Fútbol Profesional y la Federación. No se comprende ni se concibe que el uso desmedido del talonario de cheques solamente haya servido para instalar en el Nou Camp un canódromo por cuya pista Jordi Alba persigue un balón a modo de liebre como último y único recurso. Un único carril, el izquierdo. El otro ni citarlo. Bueno, si, también para recibir burofax de estrellas que se quieren apagar en espacios más lejanos o millonarios con ambición de dirigir sus clubs desde el vestuario.

En medio de este panorama, el enemigo recalcitrante le ha dado al Real Madrid la respiración asistida precisa tras la enfermedad causada por el Shaktar Donetz. Peor aún, mientras el Barça se desangra en la búsqueda de jóvenes promesas que hagan olvidar al irrepetible Messi, nada menos que Sergio Ramos a sus 34 años y cuatro hijos se canoniza en tierra hostil.

Le llaman «el clásico», aunque particularmente pienso que la cosa va más de «heavy metal» que de sinfonías.